CONVERSACIONES
Han pasado demasiados años. Dieciséis por lo menos. La última vez que lo vi estaba igual. Ahora tiene muy pocos rulos y son plateados. Sus ojos, sus ojos siempre serán los mismos. No sólo por el color, sino por la esperanza y la calma que pueden transmitirme. Su voz también es la misma. Y su acento norteamericano volvió a sonar en mi corazón como lo hacía en aquellos 80s.
Preguntas y respuestas. Demasiado tiempo sin dar noticias. He vuelto con tres hijos por los que rezará cada día a las 6 de la mañana y a las 6 de la tarde. De todo lo que me ha dicho, tantas verdades como siempre, hay una que ha significado una luz para mi alma. He podido ser consciente de que mi hija me buscó siempre y yo no estuve como ella me necesitaba. En sus años más difíciles, en sus momentos más dolorosos, en sus deseos de cambiarme la vida… yo no estuve.
Sin embargo, hubo varios sacerdotes que la acompañaron en sus batallas. Dos de ellos, ex alumnos marianistas. Creo que solo una conversación con mi Hermano Douglas habría hecho que me diera cuenta de ese detalle. Dos directores espirituales, de los colegios en los que estudió mi María Gracia, la escucharon, apoyaron y aconsejaron para que ella diera lo mejor de sí en cada cosa que hacía a pesar de los pesares. Dos sacerdotes que estudiaron en Colegios Marianistas, uno en el mío, fueron el apoyo perfecto para mi hija cuando yo no supe “ver más allá de mis narices”.
Nada como agradecer. Y doy las gracias a Dios, a la vida, a los buenos sacerdotes y, como dice mi Hermano Douglas, a mis padres por haberme puesto en ese colegio que, incluso hoy, me enseña las más grandes cosas de este pequeño mundo.
Gracias, Hermano Douglas!!!!!
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->